Donde el corazón te lleve.

-Cuando un libro te lleva a otro, es mágico. Les comparto este pequeño fragmento. espero que les guste-.





Y al final, desencuadernadas y sin cubierta, las hojas de un libro. ¿De que libro se trataba? No lograba recordarlo. Solo cuando lo cogí delicadamente y empecé a recorrer sus primeras líneas todo volvía a mi memoria. Fue una emoción fortísima: no era un libro cualquiera, sino el que más había querido de niña, el que me había hecho soñar más que ningún otro. Se llamaba Las Maravillas del 2000 y era, a su manera, un libro de ficción científica. La historia era bastante sencilla, pero rica en fantasía. Para comprobar si se cumplirían los magníficos destinos del progreso, dos científicos de finales del siglo XIX se hacían hibernar hasta el año 2000 Tras un siglo exacto, el nieto de un colega de ellos, hombres de ciencia a su vez, los descongelaba y, a bordo de una pequeña plataforma voladora, los llevaba a dar un paseo instructivo por el mundo. No había extraterrestres ni astronaves en esa historia, todo lo que ocurría se refería exclusivamente al destino del hombre, a lo que esté había construido con sus propias manos. Y, según el autor, el hombre había hecho muchas cosas y todas ellas maravillosas. Ya no había hambre ni pobreza en el mundo porque la ciencia, junto con la tecnología, había encontrado la manera de convertir en fértiles todos los rincones del planeta, y – cosa aún más importante- había logrado que esa fertilidad se distribuyese equitativamente entre todos los habitantes. Muchas maquinas aliviaban a los hombres de las fatigas del trabajo, todo el mundo tenía mucho tiempo libre y, de tal suerte, cada ser humano podía cultivar la parte más noble de sí mismo, todo rincón del globo resonaba de músicas, de conversaciones filosóficas doctas y serenas. Como si eso no bastase, gracias a la plataforma voladora, era posible trasladarse en poco menos de una hora de un continente a otro. Los dos viejos hombres se ciencia parecían muy satisfechos: todo lo que habían hipotetizado en su fe positivista se había realizado. Hojeando el libro volví a encontrar también mi ilustración preferida: en ella los dos corpulentos investigadores, con barbas darwinianas y chalecos a cuadros, se asomaban felices por la plataforma para mirar hacia abajo.

A fin de ahuyentar cualquier sombra de duda, uno de ellos se había atrevido a formular la pregunta que mas le escocia. Había preguntado <<Y los anarquistas, los revolucionarios, ¿todavía existen?>> <<Oh, ¡claro que todavía existen! -Había contestado sonriendo su guía- Viven en ciudades que son solamente para ellos, construidas bajo los hielos de los polos, de manera que, si por azar quisieran perjudicar a los demás, no podrían hacerlo.>>

<< ¿Y los ejércitos? -seguía insistiendo el otro- ¿Cómo es que no se ve ni un solo soldado? >>

Ya no existen los ejércitos>>, contestaba el joven.

Llegados a ese punto, ambos suspiraban aliviados: ¡por fin el ser humano había regresado a se bondad original! Pero se trataba de un alivio de breve duración, porque inmediatamente el guía les comunicaba: <<Oh, no, no es ese el motivo. El hombre no ha perdido la pasión por destruir, sino que solamente ha aprendido a contenerse. Los soldados, los cañones, las bayonetas, son instrumentos que han sido superados. En su lugar hay un ingenio poderosísimo, aunque pequeño: justamente a el le debemos la ausencia de guerras.

Susanna Tamaro.1994



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